El paso de los años, trajo consigo el agotamiento del modelo de desarrollo y a la postre las distintas crisis que ha sufrido el país en los últimos años, dichas crisis dejaron sufrimiento y desgracia representadas en el aumento generalizado de las pobreza y falta de oportunidades para el venezolano, que se cristalizo de distintas formas según los sectores, en primer lugar se estudiará la dualidad urbano-rural
Como se puede apreciar en las cifras disponibles, entre los años 1982 y 1988, periodo caracterizado por dos eventos muy importantes, el primero por ser un año antes del llamado viernes negro y el segundo por ser un año antes de la aplicación del plan de ajuste de 1989; se produce el aumento más significativo en el porcentaje de pobres tanto en el ámbito rural como urbano.
El incremento en esos años es de mayor magnitud en las ciudades que en el campo, pues el índice de pobreza urbana se duplica al pasar de 20 al 40%, aun así se observa como en el campo la situación es mucho peor. Ya que en 1982 la mitad de los hogares ubicados en zonas rurales, y luego, seis años mas tarde aqueja a 68%. Sin embargo, vale acotar, que para aquellos años los venezolanos se ubicaban en su gran mayoría en las ciudades. Pues en 1980 el 72% del total ya vivía en las ciudades (Baptista, 1997).
Que el incremento de estos años sea mucho mayor en las ciudades se debe en primer lugar a la crisis del modelo rentista, que se desarrollaba en su mayoría en las ciudades proveyendo de trabajo asalariado bien remunerado a los habitantes de las urbes, que al entrar el colapso comienza a reducir su oferta de empleo y por lo tanto la situación de muchas familias en las ciudades comienza a mermar . Es importante reconocer que es el inicio de la transformación de la pobreza en Venezuela, pues dejará de ser un problema del campo a ser uno urbano.
En 1990 un poco mas de la mitad (52%) de la población urbana no cuenta con ingresos que le permitan desarrollar una vida digna producto del gran impacto que dejó el proceso de reestructuración del Estado, además de la política social, pues la misma da un vuelco de universal a focalizada compensatoria (Alvarado, 2003) aunado al fin de la política de sustitución de importaciones que llevaría a muchas empresas ineficientes a la quiebra.
En el sector rural la pobreza en 1990 llegaría a ubicarse en 75,6%, es decir tres de cada 4 hogares eran pobres. En 1995 se llegaría al máximo de 80,3%, que se convertiría en el punto crítico del fenómeno, pues a partir de la fecha comenzaría una tendencia a la baja que terminaría en 66,8% en 2001.
El proceso de migración rural-urbano podría estudiarse en dos etapas tomando a 1982 como punto de referencia. Antes de esa fecha los venezolanos migraron masivamente a las ciudades en busca de una vida mejor. He allí que la composición poblacional – Según Baptista, 1997- que en 1960 era 52% urbano y 48% rural, se transformara en 68% y 32% respectivamente en 1975 y finalmente en 78,1% y 21,9% en 1995.
Si bien durante los primeros años del rentismo el modelo funcionaba dejó a un cuarto de la población rezagada para 1975 y de esos los hogares ubicados en espacios rurales eran el mas afectado con 52% de sus habitantes en pobreza por solo 17,9% de las ciudades, lo que continuaba siendo un fuerte estimulo para seguir emigrando a las ciudades.
Pero el agotamiento del modelo haría que la condición de las ciudades como refugio contra la pobreza mermara considerablemente, pues con el fin del proceso de sustitución de importaciones, el empleo formal bien remunerado se reducía, unido a esto a la desaparición de los subsidios a los bienes, el impacto de la inflación y la reducción tanto en calidad como en cantidad de los servicios públicos hicieron mas dura la vida en la ciudad, gran parte de los bienes y servicios que el Estado le ofrecía a los habitantes ahora tendrían que costearlos ellos mismos. Todo esto puede explicar el porqué del aumento a partir de 1982 de la pobreza en la ciudad, lo que podría señalarse como la migración de la pobreza a la ciudad.
Empobrecimiento de los más instruidos académicamente
El empobrecimiento del país en los últimos años ha tenido como nuevos actores como bachilleres y profesionales, que durante el buen funcionamiento del rentismo se encontraban fuera del problema. El impacto que tuvo el proceso de empobrecimiento general afectó considerablemente al sector profesional, a punto de erradicar la idea de que con ser profesional se asegura un futuro y una vida digna. Aun así los profesionales siguen siendo el sector de la sociedad menos afectado por la pobreza.
En las cifras se aprecia indudablemente cómo ayuda la educación en la superación de la pobreza. Tomando 1975 como base para el análisis, año de pleno desenvolvimiento del rentismo, la población mas vulnerable a la pobreza eran los hogares con jefe de familia analfabeto (46%), vulnerabilidad de se reducía conforme las personas obtenían mayor instrucción académica, la educación sin duda alguna era el mecanismo de inclusión y ascenso social, al punto que para la fecha aquellos que alcanzaban completar el bachillerato solo el 2% de los hogares era pobre, y en el caso de aquellos que comenzaban una carrera universitaria solo un 1% presentaba problemas de ingresos.
Quienes comenzaban la primaria bajaban la probabilidad de ser pobre a 0.30 y aquellos que la terminaban tenían solo 0.17 probabilidad de ser pobre.
Otro aspecto muy importante son los sectores que lograron completar el bachillerato pues en el modelo rentista si bien su inserción al sistema no era completa, si era de gran magnitud al punto que el porcentaje de pobres de este sector era inferior al 5%, en síntesis el modelo permitía convivir con personas no profesionales pero con un nivel de instrucción medio, es decir, había cabida para aquellas personas que por una razón u otra no pudieron insertarse en el sistema de educación superior.
Esta es la composición de la pobreza en la Venezuela rentista de 1975 en cuanto, prácticamente explicada por la escasa instrucción educativa de algunos sectores. Sin embargo, el colapso del sistema de acumulación genera una serie de consecuencias en sectores que pasan a una zona de vulnerabilidad.
Aún cuando todos los sectores aumentan el riesgo de padecer pobreza, son otra vez los menos instruidos académicamente los más perjudicados. En 1988 la probabilidad de ser pobre de los hogares con jefe de familia analfabeta se ubicaba en 0.63. También aumenta para aquellos que iniciaron la primaria y no la terminaron y para aquellos que si la terminaron siendo 0.59 y 0.50 respectivamente. Pero el cambio fundamental se aprecia en el aumento de la pobreza entre los que tienen alguna experiencia en el bachillerato a 41% y de aquellos que si lograron culminar esa etapa a 25%, cambios muy importantes si se toma en cuenta que durante la época dorada del rentismo estas cifras se situaban por debajo de 10 puntos porcentuales.
En el caso de los profesionales en número de pobres para 1988 se incrementa en 92% con respecto a 1975, representando 13% de los hogares con jefe de familia profesional. Estos cambios producidos en la composición de la pobreza durante la década de los ochenta, ejemplifican el proceso de exclusión que se desarrollaba en Venezuela de forma general pero con mayor énfasis para todos aquellos que no tengan un titulo universitario. En cifras, para 1988, 2.889.839 de hogares no contaban con jefes del hogar profesionales, y de esos 1.908.676 hogares estaban por debajo de la línea de la pobreza, es decir, sus ingresos no le permitían disfrutar una vida socialmente aceptable.
Cifra más que interesante pues el país se acercaba a un nuevo modelo económico donde el proteccionismo estatal era cosa del pasado y el énfasis en la competitividad era preponderante, dicho sistema se basa mayoritariamente en trabajos altamente calificados que son desempeñados por profesionales.
En 1990 otro grupo es absorbido por los problemas de ingresos, en este caso son los bachilleres que aumentan su probabilidad de ser pobres a 0.42, sin embargo, siguen siendo el grupo no profesional menos afectado por la crisis. Un resultado interesante en el análisis es la fragmentación en tres grandes grupos, no bachilleres, bachilleres y profesionales.
El caso de los no bachilleres, el porcentaje de pobres en este sector es mayor al 50%, es decir casi de cada 2 personas 1 es pobre. Para los bachilleres la situación es un poco mejor, pues el porcentaje de pobres se ha situado alrededor del 40%.
En el caso de los profesionales si bien es cierto su situación ha desmejorado muchísimo con respecto a 1975 dentro de la sociedad venezolana son el grupo mejor posicionado e insertado dentro del nuevo modelo económico caracterizado por la apertura económica.
Cecilia Cariola y Miguel Lacabana (2005) en su libro Pobreza, Nueva Pobreza y Exclusión Social, plantean el surgimiento de una nueva pobreza conformada principalmente por la caída de los sectores medios compuesta principalmente por profesionales que se dedican a actividades informales ya que por las transformaciones del mercado laboral y la reestructuración del Estado y sus funciones deben acudir a este mercado, pues hicieron desaparecer el trabajo asalariado como mecanismo de inclusión social (Cariola y Lacabana, 2005) esta nueva pobreza es la que se aprecia en el aumento de la pobreza en los sectores con mayor instrucción académica y que se ubica entorno al 20%. Los autores plantean la necesitad de los profesionales de buscar un trabajo extra, bien sea, en el sector informal o formal. Esto lo asocian con la necesidad de mantener un estándar de vida parecido al que tenían años anteriores, cuando por los salarios reales eran ligeramente crecientes.
En general, se puede apreciar un proceso de exclusión sistemático, en el que los profesionales son los menos afectados en un país como Venezuela, que para 2001, 3.861.057 de sus familias no tenían un jefe de familia profesional y solo 727.815 hogares si contaban con uno.
El desarrollo de Venezuela basado en un modelo rentista dejó a una cuarta parte de la población rezagada en 1975. Esto evidencia la incapacidad del modelo de satisfacer en su totalidad las necesidades de la población. Pero ahora habría que estudiar que pasó con ese 25% de los hogares venezolanos que no pudieron acceder a un nivel de vida socialmente aceptable, pues estos representan los excluidos del sistema o los semi-incluidos.
En la Venezuela de 1975 existían grupos y sectores excluidos o desfavorecidos por el sistema rentista. Los resultados son los siguientes: Cuando se compara la situación de los hogares según su ubicación, Los rurales son los más afectados por la pobreza. En el caso del sexo del jefe del hogar, es el femenino el más perjudicado. Por ultimo al clasificar los hogares según el grado de instrucción académica del jefe del hogar, son los analfabetas el grupo más vulnerable a la pobreza.
En el caso de los primeros puede ser justificado a través del modelo de desarrollo, pues el mismo, estaba basado en el desarrollo industrial. Ya que era la época de la política de sustitución de importaciones, que se desarrollaba principalmente en las ciudades, generando grandes oportunidades para estos venezolanos en comparación a los rurales, pues en la dinámica rural-urbana algunos autores - Baptista y Mommer (1989) - consideran que: “la sobrevaluación del bolívar debilitó las posiciones de poder del sector agroexportador tradicional. En cambio, los sectores modernos, concentrados en las ciudades, se vieron beneficiados con un aumento muy significativo de sus ingresos por el valor del dólar” (Baptista y Mommer, 1989).
En un sistema en el cual predomina la ciudad sobre los campos se justifica la continua migración de los campesinos a las urbes durante gran parte del siglo.
Con respecto a la mujer las disparidades pueden explicarse por la brecha existente entre los sueldos que percibían las féminas por la discriminación sexual, unido a que en un primer momento los requerimientos del sector industrial en un primer momento es predominantemente mano de obra de baja calificación. Sin embargo, el estudio en profundidad de este fenómeno excede el alcance e este ensayo.
El tercer grupo vulnerable que existía en 1975 es el de los analfabetas y/o personas con escasa instrucción educativa. La educación para ese entonces era un medio para la superación personal, en una economía en crecimiento y que trataba de desarrollarse se necesitaban nuevos profesionales que le dieran impulso al país y debido a la escasa disponibilidad estos eran bien remunerados muchas veces por encima de su productividad. Es así como para aquellos años la educación se constituye en una vacuna contra la pobreza, pues ayuda a las personas a tener un razonamiento de la vida distinto, además de darle herramientas para desenvolverse en el mundo. Sin contar que el diferencial entre los sueldos de los profesionales y los bachilleres es del 127% (Bruni, 2002)
Para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada.”
Edmund Burke
Cada mañana cuando reviso las noticias me da la impresión que Venezuela no mejora, al contrario, parece tomar el camino incorrecto, ahora siendo abogado de terroristas, viendo como estudiantes atacan a la población dejando desempleados a profesionales del transporte, sin duda la delincuencia y el vandalismo domina en esta tierra, sin dejar de lado la escasez de alimentos, que nos agobia cada vez que vamos al supermercado, abasto, bodega, etc.… cuando comparto impresiones con algunas personas me comentan, palabras mas palabras menos: el venezolano es así, siempre será así, le gusta vivir así, queda claro que la realidad es esa, pero no me como el cuento de que a la mayoría le gusta vivir así, lo triste, aunque sea cierto o no, es que si esa es la mentalidad, dudo mucho que se puedan solucionar esos problemas, pues la premisa de la cual se parte no ayuda mucho, a continuación les muestro dos ejemplos para palpar la fuerza que tiene en el resultado la premisa inicial.
El primero tiene que ver con el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, no es secreto para nadie el éxito de este programa dirigido por el maestro José Antonio Abreu, quien se ha adjudicado diversos premios internacionales, entre los que incluyen el Príncipe de Asturias 2008, un reconocimiento el año pasado del Senado italiano "por su original programa de educación musical, el cual inspira a los niños a alcanzar logros asombrosos"; el Don Juan de Borbón de la música en España y el UNICEF otorgado en Italia también en 2007, El Premio "Right Livelihood" 2001, sin olvidar el Premio Internacional de Música de la UNESCO en 93/94, además el sistema mereció comentarios por parte del escritor argentino Jorge Luís Borges como este: “Siempre creeré que nuestra América es mágica cuando premiamos estos milagros".
¿Por qué tanto alboroto? Si es una simple orquesta de música…. Bueno lo mejor de ella es que como bien lo acoto el senado italiano al darle el reconocimiento, inspira a niños a alcanzar grandes metas, mas aun si los niños a los que inspira son a aquellos que viven el lado áspero de nuestra sociedad, aquellos de mas escasos recursos, esta orquesta ayuda al niño necesitado a romper el circulo de pobreza, a ver que existe un mundo mas allá de el rancho, las drogas, la promiscuidad, etc, y lo mejor de todo, puedes ser parte de ello siempre y cuando te esfuerces. En pocas palabras a romper paradigmas que nos limitan.
El otro ejemplo que quisiera compartir es al fútbol nacional y a nuestra selección, para mi ha sido una fuente de inspiración como con mucho esfuerzo y dedicación se ha podido hacer crecer este deporte en nuestro país, que hasta hace menos de 10 años había pasado desapercibido, si bien es cierto todavía no se ha logrado un nivel de desarrollo a la par de los grandes del fútbol sudamericano como Argentina y Brasil, hoy en día nuestra selección se ha codeado con el resto de selecciones, al punto de estar hoy en día en 5to puesto de las eliminatorias, que de terminar así jugaríamos un repechaje por un cupo en el mundial de 2010, parece disparatado para algunos pero la oportunidad esta ahí. ¿Y cual fue el secreto detrás de este surgimiento? El cambio de mentalidad que el ex entrenador Richard Páez y sus colaboradores les hicieron a nuestros jugadores, pues antes de entrar al campo, ya se sentían perdedores, lo que ayudaba mucho al equipo contrario.
¿Y que tienen en común estos dos ejemplos? Mas allá de dos experiencias positivas de compatriotas nuestros, lo más importante es la premisa positiva en la cual se basaron, tanto el maestro Abreu como el Dr Páez. El primero estuvo convencido que los niños si se les ayuda y se les guía podrían lograr grandes metas, confió en ellos, no creyó que el niño venezolano de origen humilde trae el “cromosoma delictivo”, por el contrario creyó en las ganas de progreso e ilusiones de nuestros niños, por esto se embarca en 1975 en su lucha por lograr la excelencia musical a la par de una vía de escape del mundo delictivo. Por el otro lado se encuentra el crecimiento del balompié nacional, basado en mucho trabajo y psicología deportiva para nuestros atletas, que tan solo con ello, se han logrado grandes resultado, incluido el triunfo del Caracas Fc en Copa Libertadores sobre el River Plate de Argentina, aun cuando tuvo que jugar de “Local” en Cúcuta!!!... en una entrevista luego de la hazaña, el cuerpo técnico encabezado por Noel San Vicente reveló que la preparación psicológica fue fundamental, sin ella, la idea con la que fueran jugado contra el equipo argentino habría sido que nunca podrían con el reto, y por lo tanto el resultado habría sido desastrosa.
Estos ejemplos los seleccione con la mayor intención, pues ambas actividades no son precisamente muy tradicionales para nosotros, por un lado la música clásica no es lo que se escucha en la bocinas de los vendedores informales de discos compactos, muchos menos es la melodía preferida por la gran mayoría de los venezolanos, por otro lado el fútbol no es el deporte nacional, por lo tanto a priori se podría juzgar entonces que simplemente no tenemos oído musical y que la música no es lo nuestro, o que solo debemos practicar béisbol y listo, la historia nos muestra cuales son los resultados de pensar de esa forma… pues bien por no pensar así es que estos dos señores lograron un cambio trascendental, no eligieron la premisa equivocada, partieron de que no somos inferiores a nadie y de que con trabajo y esfuerzo, y sobre todo premio al esfuerzo realizado se pueden hacer que las cosas cambien, los venezolanos somos iguales al resto del mundo, simplemente tenemos unos paradigmas que debemos ir rompiendo.
Quiero dejar claro que no estoy diciendo que no tengamos nuestro lado feo como sociedad, somos humanos no somos perfectos, la intención es desmontar algunos de los mitos como “el no podemos” tan irritante como fatalista, por que siempre y cuando que se trabaje en la dirección correcta para que poniendo énfasis en lo positivo cambiar lo negativo de nuestra sociedad, “abrir la mente” y ver mas allá para buscar una salida, tal y como los ejemplos antes descritos.
"Caracas, una urbe desigual, compleja y engañosa, donde la estampa más lustrosa puede esconder la realidad más deprimente y donde los que no padecen la pobreza se empeñan en vivir como si no existiera, como si, igual que por la noche, los cerros fueran poco más que un espejismo en el horizonte"
(Así es descrita nuestra ciudad por un articulista de opinión en el diario ABC. En el artículo se observan varias realidades que vive el caraqueño común y las diferencias que tiene la clase media con la pobre)
Si uno contempla Caracas de noche, la vista resulta deleitosa y fascinante: un inmenso piélago de lucecillas se extiende por las montañas circundantes y se convierte en un espectáculo ubicuo para el maravillado turista. Mire donde mire, topa con las luces. De día, la claridad permite una percepción completa. Lo que de noche era luz y misterio se desvela como un descomunal cinturón de miseria. A la vista se nos ofrece la poco edificante realidad de los barrios de los cerros, donde anida la pobreza y donde la ley es una palabra hueca.
Así es Caracas, una urbe desigual,compleja y engañosa, donde la estampa más lustrosa puede esconder la realidad más deprimente y donde los que no padecen la pobreza se empeñan en vivir como si no existiera, como si, igual que por la noche, los cerros fueran poco más que un espejismo en el horizonte.
Los venezolanos son festivos y cálidos. Y disfrutan la noche a tope. El problema es que en Caracas puede ser muy peligrosa. Las criaturas que los cerros vomitan hacia el valle, donde se ubican el próspero centro financiero y los principales locales de moda, viven en gran medida de la delincuencia. Y tras la puesta de sol comienza su hora punta.
Shirley, informática de 26 años, lo sabe, pero no por eso renuncia a lo que más le gusta el fin de semana: «rumbear». Tras una semana de trabajo agotador para la multinacional española que la emplea, Shirley ha quedado con unos amigos, la mayoría compañeros de trabajo. Accede a que la acompañe.
Los amigos de Shirley pertenecen a esa minoría de venezolanos que han cursado una carrera universitaria. Para ellos es factible alcanzar una buena posición y sus hábitos de consumo no tienen nada que envidiar a los europeos. Varios de ellos se plantean afincarse en España. Ángel, un negro, dice que es «una potencia que inventó un idioma» y me pregunta si tendría problemas por su color de piel. Shirley y su amiga Yanired también proyectan viajar a España. Estos jóvenes pertenecen al sector de la sociedad venezolana que tiene en la adquisición de bienes y en el ideal capitalista de felicidad su meta. Rechazan los planteamientos demófilos del presidente Hugo Chávez y son los potenciales emigrantes venezolanos. Al contrario de lo que ocurre en otros países del área, en Venezuela son las clases medias y letradas las que con más frecuencia emprenden la aventura de instalarse en el extranjero.
Ocio Nocturno
Bien templados por unos cuantos «tragos», empieza de verdad la noche. Arranca la procesión motorizada por las calles de una ciudad desierta. Como en la metrópoli que Ridley Scott soñó para «Blade Runner», en Caracas de noche sólo hay neones y automóviles. Hago el trayecto en el flamante coche nuevo de Shirley. Acaba confesándome que tras comprarlo está pasando por algunas dificultades económicas. Son muchos los venezolanos que adquieren bienes suntuosos por encima de sus posibilidades. Venezuela es el país de los coches caros, de la cirugía estética y de los móviles de última generación. Pero también de la pobreza y de las desigualdades, de los cerros. Siguen allá en lo alto; desde el valle no se ve más que un rosario de luces, pero hay vida en ellos. Según me cuentan, una vida miserable.
La siguiente parada es el barrio de San Ignacio. Como Las Mercedes, Chacaíto o Sabana Grande, es de las zonas de ocio nocturno más concurridas. Tal vez porque la demanda es amplia e incondicional, los porteros de los locales son tan hoscos. Entramos en el Zuka Bar, una discoteca similar a muchas europeas, donde uno puede optar entre bailar al ritmo de compases electrónicos o apoltronarse en un cojín a «tomar» y conversar con los amigos. Tomar mucho, porque los exiguos precios son toda una invitación a la embriaguez. En el centro, la pista de baile está poblada por jóvenes que danzan voluptuosamente. En Venezuela, como en toda la zona caribeña, aunque salsa y reguetón son los géneros más propicios, cualquier son vale para restregarse con personas del sexo opuesto. Sensualidad y deseo se abren paso al amparo de los muros de la discoteca, cuando la custodia de las pertenencias de uno deja de ser una obsesión. Zuka Bar cierra a las tres. Lo hace no porque al personal le falten ganas de fiesta, sino por una disposición gubernamental que busca reducir los accidentes de tráfico en la Semana Santa. Lo llaman la «ley seca» y en la noche caraqueña todos reniegan de ella, por más que busque resolver un grave problema social. El empleado que nos invita a salir se disculpa escoba en mano y clama contra «el tonto de Miraflores».
De nuevo al coche. Zuka, como todos los establecimientos, tiene un estacionamiento privado. Caminar de noche hacia el vehículo está vetado. Shirley se pone en marcha y me recuerda la conveniencia de no bajar los «vidrios». Conduce sin pararse ante ningún semáforo en rojo. No es ninguna imprudencia. Lo contrario sí lo sería. Por temor a ser asaltado, nadie se detiene en un cruce en Caracas. Pregunto si ninguna autoridad vigila el tránsito por las noches y Shirley me dice que no. Así transcurre la noche, entre el consumo y el miedo, entre la ostentación y la precaución.
Le propongo a Shirley que me acompañe la noche siguiente y acepta, pero se niega a llevarme a los cerros. Ni ella ni sus amigos han estado nunca allí. Ni siquiera conocen el nombre de los barrios que conforman. Y eso que no hay un rincón de la ciudad en el que se pueda dejar de verlos. Es una realidad inmensa a la que los caraqueños mejor situados del valle se empeñan en ignorar.
La noche después, rodamos por la Avenida Baralt. Es una de las calles principales y conduce al palacio presidencial de Miraflores. Expreso mi deseo de ir a verlo y Shirley, como buena venezolana, se comporta como anfitriona ejemplar y me lleva hasta allí. En la Avenida Baralt veo por primera vez peatones nocturnos. Entre montones de basura, mujeres esmirriadas y desdentadas deambulan sin rumbo aparente y corrillos de varones en camiseta interior fuman mientras deslizan miradas torvas a su alrededor. Shirley vuelve a recordarme la norma de los «vidrios subidos». Al poco nos topamos con un motorista herido en la calzada. Es el conductor de un «moto-taxi», uno de los servicios más rápidos para desplazarse por una ciudad siempre colapsada. También uno de los más peligrosos. Sus conductores sortean el tráfico como kamikazes. Es frecuente que se accidenten y se han dado casos en que el conductor ha salido ileso y ha huido del lugar abandonando a su pasajero mal herido. Así es Caracas: un caos vertiginoso y sin ley. De noche aún más.
Viaje a la Miseria
Pero habrá de ser otra Shirley la que me lleve a los cerros. Esta tiene 23 años, está en paro y vive con su hija de cuatro en una habitación alquilada en el barrio de Petare, uno de los enclaves más populosos y menos recomendados a los turistas. Esta Shirley pertenece a otra capa social que la anterior y conoce bien los cerros. «¿Es tan peligroso como dicen?», le pregunto. «A mí nunca me pasó nada, aunque, por supuesto que si llegas con joyas volverás sin ellas», me responde cándida.
Shirley consigue una guía para visitar los cerros. Irene, una hábil conductora profesional nos llevará siempre que no bajemos del vehículo ni, cómo no, abramos las ventanas.
El itinerario comienza en las cercanías de la playa de la Guaira. Recorremos la carretera que une este lugar de recreo con el corazón de la capital. Ahora funciona una autopista, que, además de ir más rápido, permite ver los cerros más lejos. La sinuosa carretera antigua atraviesa los barrios del Blandín, la Cantina y el Limón. También el del plan de Manzano, un vertedero donde se asentaron algunos pioneros a los que muchos imitaron después, y el de la Linda Tablita, una antigua escombrera que hoy es el hogar de cientos de familias. Uno llega y construye su casa donde buenamente puede. Con suerte tal vez se mantenga en pie. En 1999, tras varios días de intensas lluvias, muchas de estas construcciones, levantadas ilegalmente sobre un terreno irregular, se derrumbaron y murieron miles de personas. Fue lo que se llamó el desastre de Vargas. Aún son muchas las personas expuestas a una catástrofe de este tipo.
El Gobierno actual trata de mejorar la situación de esta numerosa población y ha puesto en marcha planes de construcción de centros sanitarios y escolares, pero aunque la gente de los cerros valora el esfuerzo y respalda electoralmente a Chávez, la estampa general de estos parajes sigue siendo desoladora. Cuando se oculta el sol se percibe la total inexistencia de alumbrado público. Lo que durante el día se presenta deprimente, al caer la noche deviene fantasmagórico. Niños y mayores caminan descalzos por la penumbra. La única luz disponible es la de los farolillos de los umbrales de las casas y de las fogatas que grupos de vecinos encienden en algunas plazuelas para reunirse en torno a ellas. Perros atropellados, casas derruidas y automóviles carbonizados conviven en un paisaje espectral, en el que las personas se tornan poco más que siluetas enclenques y errantes. También parece espectral el convoy militar con el que nos topamos. Es lo único del Estado que ha llegado hasta allí.
Irene ha elegido como banda sonora para la excursión La Oreja de Van Gogh. Shirley tararea distraída mientras yo contemplo atónito la otra cara del Gran Caracas, la más cruda. Apenas media hora de coche me separa de la otra Shirley, su pandilla y el frenesí consumista de San Ignacio. Pero en realidad sé que la distancia es abismal, que para ellos esto no son más que unas luces en el horizonte. Hay quien teme a la noche. A otros los reconforta ocultando aquello que no les gusta ver.
Desde hace décadas, el peso de América Latina en el mundo disminuye. No es un gran centro económico ni una amenaza para la seguridad ni una bomba demográfica. Incluso sus tragedias quedan empequeñecidas al lado de las de África. La región no se levantará mientras no deje de buscar fórmulas mágicas. Puede que no suene bien, pero la paciencia es el mayor déficit que sufre Latinoamérica.
Latinoamérica se ha acostumbrado a ser tratada como el patio trasero de Estados Unidos. Fue, durante decenios, una región en la que el Gobierno estadounidense se inmiscuía en la política local, combatía a los comunistas y promovía sus intereses económicos. Por más que el resto del mundo no le prestara atención, Estados Unidos, de vez en cuando, sí lo hacía. Hasta que llegó el 11 de septiembre, cuando incluso Washington pareció desconectarse. Como es natural, la atención del mundo se centró casi exclusivamente en el terrorismo, las guerras de Afganistán, Irak y Líbano, y las ambiciones nucleares de Corea del Norte e Irán. Latinoamérica se convirtió en la Atlántida, el continente perdido. Casi de la noche a la mañana desapareció de los mapas de los inversores, de los militares, los diplomáticos y los periodistas.
América Latina no puede competir en el escenario mundial en ningún aspecto, ni siquiera como amenaza. En contraste con quienes se oponen a EE UU en otras zonas del mundo, los latinoamericanos no están dispuestos a morir en aras de sus odios políticos. Es una región sin armas nucleares. Su única arma de destrucción masiva es la cocaína. A diferencia de mercados emergentes como India y China, es un actor económico menor, cuyo peso está en descenso desde hace décadas. Es verdad que algunos países exportan petróleo y gas, pero Venezuela es el único que logra figurar entre los grandes del mercado energético mundial. Ni siquiera los desastres latinoamericanos parecen ya despertar las inquietudes del mundo. Argentina vivió una tremenda crisis financiera en 2001, y a nadie de fuera pareció importarle. Al contrario de lo que había sucedido en crisis anteriores, ningún gobierno ni institución financiera internacional acudió al rescate. Latinoamérica no tiene las hambrunas, los genocidios, la pandemia de VIH/sida, las quiebras totales de Estados que sufre África, no tiene tampoco estrellas de rock que suelan adoptar sus tragedias. Bono, Madonna y Angelina Jolie se preocupan por Botsuana, no por Brasil.
Sin embargo, así como los cinco años de guerra contra el terrorismo han proclamado la necesidad de enfrentarse a las amenazas allí donde se encuentren, también han puesto de relieve los peligros del abandono. Como ocurrió con Afganistán, América Latina es prueba de lo rápida y fácilmente que la Casa Blanca puede perder su influencia cuando se distrae con otras prioridades. En ambos lugares, el desinterés de los estadounidenses produjo un vacío que llenaron grupos y dirigentes políticos hostiles a Estados Unidos.
No, Latinoamérica no produce terroristas islámicos como hacía Afganistán en la época de los talibanes. El vacío de poder lo llena un grupo de líderes variados a los que suele agruparse bajo la enseña del populismo. En las pocas ocasiones en las que los países de la región ocupan las noticias internacionales, lo que provoca escándalo es la elección de algún dirigente presuntamente populista, antiamericano y enemigo del libre mercado. Ahora bien, los populistas no son un grupo monolítico. Algunos son más peligrosos para la estabilidad internacional de lo que se suele reconocer. Pero otros pueden tener la capacidad de trazar un rumbo nuevo y positivo para la región. Detrás del ascenso de estos nuevos dirigentes se encuentran varias tendencias que nutren las frustraciones sociales y políticas de los latinoamericanos.
El Giro a la Izquierda que No Fue
Por desgracia, la falta de interés de Estados Unidos –y el resto del mundo– por Latinoamérica hace que, muchas veces, las fuerzas que impulsan los diversos movimientos políticos en la región se malinterpreten o se ignoren. Sin embargo, a la hora de la verdad, lo que en realidad importa no es lo que piense o haga el gigante del Norte, sino lo que piensen y hagan 500 millones de latinoamericanos. Y, en los últimos veinte años, las tremendas oscilaciones en su comportamiento político han creado un terreno movedizo que dificulta la construcción de las instituciones indispensables para el progreso económico o para combatir la pobreza. Hay salidas. Pero no tan rápidas como prometen demasiados políticos ni como exige una población impaciente.
En los 90, los políticos que ganaron elecciones en Latinoamérica lo hicieron con la promesa de reformas económicas inspiradas en las recetas del llamado Consenso de Washington y unos lazos más estrechos con Estados Unidos. El Área de Libre Comercio de las Américas ofrecía la esperanza de un mejor futuro económico para todos. Washington podía contar con sus vecinos del Sur como sólidos aliados internacionales. En el caso de Argentina, por ejemplo, los vínculos políticos y militares con Estados Unidos eran tan firmes que, en 1998, se invitó al país a formar parte de un pequeño grupo de "aliados militares fuera de la OTAN". Hoy, en cambio, el presidente Néstor Kirchner nutre su popularidad a base de ridiculizar y lanzar invectivas contra el "imperio" del Norte. Su principal aliado no es George W. Bush, sino el presidente venezolano, Hugo Chávez. Presentarse hoy como candidato a un cargo público en Latinoamérica con un programa que defienda la privatización y el libre comercio o presumiendo de contar con el apoyo del Gobierno de EE UU es un suicidio político. Denunciar la corrupción y las desigualdades engendradas por el capitalismo salvaje de los 90, prometer la ayuda a los pobres y la lucha contra los ricos, despreciar la política internacional de la superpotencia norteamericana y denunciar la globalización como un ardid de las élites es una plataforma política que ha adquirido gran fuerza en toda la región. En casi todos los países, estas ideas han ayudado a nuevos líderes políticos a reunir seguidores y, en los casos de Argentina, Bolivia, Venezuela y Nicaragua, incluso a obtener la presidencia. En casi todos los demás países, sobre todo en México, Perú y Ecuador, los partidarios de estas ideas gozan de amplio respaldo popular y constituyen un factor fundamental en la política nacional.
¿Qué es lo que ocurrió? Las primeras señales de alarma sonaron con la elección de Chávez en Venezuela en 1998 y, a continuación, las de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2002), Kirchner en Argentina (2003) y Tabaré Vázquez en Uruguay (2004). Todos ellos representaban a coaliciones de centro-izquierda y todos prometían reparar los excesos neoliberales de sus antecesores. También todos subrayaban la necesidad de reafirmar la independencia de sus naciones y limitar la influencia de la superpotencia.
Sin embargo, ninguno de estos nuevos presidentes ha cumplido verdaderamente las promesas más radicales de sus campañas, especialmente sus planes para deshacer las reformas económicas de los 90. En Brasil, Lula ha seguido una política económica ortodoxa, anclada en unos tipos de interés elevadísimos y el decidido fomento de las inversiones extranjeras. En Argentina, la única diferencia significativa con la ortodoxia económica de los 90 ha sido la adopción de controles de precios generalizados y una actitud despreciativa hacia las inversiones extranjeras.
En Venezuela, la retórica (y a veces los hechos) está más en consonancia con posturas ferozmente antiamericanas y contra la propiedad privada. Chávez denuncia sin cesar los acuerdos de libre comercio con Washington. Ha llegado a decir que "el capitalismo producirá la destrucción de la humanidad" y que Estados Unidos es "el diablo que representa el capitalismo". La posición de Chávez ignora la realidad de que, en la práctica, Venezuela tiene un acuerdo de libre comercio con el gigante del Norte. Estados Unidos es el principal mercado para el crudo venezolano. Es más, durante el mandato de Chávez, Venezuela se ha convertido en el mercado de más rápido crecimiento para los productos manufacturados estadounidenses. Y ni siquiera los diablos capitalistas que son objeto de las iras de Chávez están sufriendo tanto como podría esperarse. Como informaba Financial Times en agosto, "los banqueros, tradicionalmente, se enfrentan a pelotones de ejecución en los periodos revolucionarios. Pero en Venezuela están de celebración". Los bancos locales próximos al régimen están cosechando beneficios inmensos. Y los bancos extranjeros que sirven a los ricos vuelven de Caracas con largas listas de nuevos clientes, necesitados de una discreta "gestión de activos" en el extranjero.
Si bien varios de estos dirigentes populistas latinoamericanos, hasta ahora, no han conseguido llevar a cabo los cambios económicos radicales que habían prometido en la campaña, la distancia entre la retórica incendiaria y la práctica ha sido mucho menor en política exterior; sobre todo en el caso de Venezuela y sus relaciones con Estados Unidos. El presidente Chávez, seguramente el dirigente más estridentemente antiamericano del mundo, ha llamado al presidente George W. Bush, entre otras cosas, "asno", "borracho" y "asesino genocida". Ni siquiera Osama Bin Laden ha soltado tanto veneno. Chávez ha adoptado al líder cubano, Fidel Castro, como mentor y compañero de armas y, con ello, se ha convertido en el político más visible de la región desde Che Guevara. Como éste, Chávez parece muchas veces empeñado en desencadenar un enfrentamiento armado para impulsar su revolución; llama "hermano" a Sadam Husein y está dotando a sus nuevas milicias locales con 100.000 fusiles AK-47 para repeler la "inminente" invasión de los estadounidenses. Su activismo internacional le lleva con frecuencia a dar la vuelta al mundo. Este verano, en Damasco, Chávez y el presidente sirio Bachar al Asad emitieron una declaración conjunta en la que afirmaban que estaban "firmemente unidos contra la agresión imperialista y las intenciones hegemónicas del imperio de EE UU". Lo mismo hizo con el iraní Ahmadineyad.
Lo que más preocupa no es que Chávez esté creando estrechos lazos con los principales enemigos de Estados Unidos en todo el mundo, sino su intervención en la política interna de la región. No cabe duda de que su personaje y su mensaje resultan atractivos para grandes grupos de votantes en otros países. Los políticos latinoamericanos que le imitan y copian sus programas son cada vez más populares, y es difícil imaginar que Chávez no esté empleando toda su riqueza del petróleo para ayudar a sus aliados políticos en todas partes. La inquietud internacional sobre la tendencia actual en Latinoamérica alcanzó su máximo grado a finales de 2005, con 12 elecciones presidenciales previstas para los meses siguientes. En varios países –Bolivia, Costa Rica, Ecuador, México y Perú–, los candidatos de izquierdas que presentaban programas al estilo de Chávez tenían buenas posibilidades de ganar. Sin embargo, las expectativas no se cumplieron. Sólo en Bolivia y Nicaragua han ganado elecciones los aliados de Chávez. En Bolivia, Evo Morales, el líder de los cultivadores de coca, anunció que iba a ser "la peor pesadilla de Estados Unidos" y se apresuró a establecer una estrecha alianza con Venezuela y Cuba. Pero la elección de candidatos apoyados por Chávez no es la norma, sino la excepción. Curiosamente, presentar una candidatura basada en una identificación demasiado estricta con Chávez o su política se ha convertido en un beso de la muerte electoral. Sus promesas de ayuda económica si gana su candidato no han servido para compensar la enérgica reacción de los votantes contra el hecho de que un presidente extranjero trate de influir abiertamente en el resultado de unas elecciones nacionales.
Las izquierdas de América Latina
Los izquierdistas del subcontinente son todo, menos un bloque unido. Javier Corrales
Hombres del pueblo: los izquierdistas se agrupan juntos, pero representan a diferentes grupos.
Desde hace un lustro, los titulares procedentes de Latinoamérica hablan sin cesar del ascenso de la izquierda latina. Sin embargo, a medida que los izquierdistas han dejado las calles para entrar en el gobierno, en Bolivia, Brasil, Venezuela y otros países, la historia ha cambiado. La visión de una coalición de izquierda en las naciones latinas que se opusiera a Estados Unidos y a las reformas de libre mercado es una fantasía. Por el contrario, dentro de la izquierda han surgido intensas disputas mientras los movimientos de protesta tratan de gobernar. La izquierda latinoamericana incluye, en realidad, una gran variedad de movimientos que a menudo tienen objetivos contradictorios.
Los revolucionarios: son los viejos radicales, que no han cambiado mucho desde los 60. Comparten un romanticismo airado y una fuerte antipatía por los mercados y las instituciones. "¡Que se vayan todos!" es su lema, convertido en estribillo durante la Asamblea Constitucional de 1999 en Venezuela, la crisis financiera de 2001 en Argentina y las manifestaciones callejeras de 2003 en Bolivia.
Los proteccionistas: muchos empresarios y líderes sindicalistas en Latinoamérica apoyan los aranceles y la protección contra las importaciones de otros países. Están en sectores como el de los componentes de automoción, la industria del juguete y la textil. Perdieron mucho terreno con las reformas de los 90 y ahora están desesperados por recuperar las protecciones y subsidios. Su lema es "no al Área de Libre Comercio de las Américas".
Los hipernacionalistas: un grupo alarmado por la inesperada alianza de Latinoamérica con EE UU durante los 90 en la política comercial y del narcotráfico. Herederos de la mentalidad del Yankee Go Home, los hipernacionalistas están presentes en las universidades de la región y en sectores de los medios de comunicación, el Ejército y las clases medias. Critican la política exterior de Washington desde el 11-S, creen que sus esfuerzos en la lucha contra las drogas son más nocivos que beneficiosos y consideran que el Fondo Monetario Internacional (FMI) es un instrumento de la Casa Blanca. Lo irónico es que tampoco les gusta que haya cada vez más obstáculos en la obtención de un visado para visitar Estados Unidos y denuncian su política migratoria y el muro.
Los cruzados: son grupos cívicos vagamente organizados, como la Alianza Cívica en México, que desean mayor transparencia en el gobierno, más participación pública en las decisiones presupuestarias, menos corrupción y unos tribunales que funcionen de verdad. Los cruzados se fortalecieron en los 90 y oscilaron hacia la izquierda, pero tienen una base ideológica más débil que otros grupos.
Los grandes gastadores: son grupos entre los que están los sindicatos de la sanidad y la educación y contratistas de los gobiernos, que quieren que haya más inversiones en servicios sociales y proyectos del Estado como infraestructuras y energía. Los grandes gastadores están hartos de más de dos decenios de límites presupuestarios. No están intrínsecamente en contra del mercado, pero rechazan las estrictas políticas fiscales de los últimos veinte años, de las que responsabilizan al FMI.
Los igualitarios: un híbrido de los revolucionarios y los grandes gastadores. Los igualitarios defienden políticas redistributivas tajantes para ayudar a los pobres. Su lema es "por el bien de todos, primero los pobres", que fue el eslogan de la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador en México. La lucha contra la desigualdad y exclusión es su lema.
Los multiculturalistas: quieren acabar con el sistema del apartheid étnico que predomina en algunas zonas de Latinoamérica, sobre todo en los Andes, donde los grupos étnicos que siempre han estado abandonados siguen careciendo de representación política. La victoria de Evo Morales en Bolivia –la primera vez que un candidato indígena llegaba a la presidencia– fue su momento culminante.
Los antimachistas: esta tendencia reciente comenzó a finales de los 80, con el intento de dar a las mujeres más poderes políticos y civiles. Ahora están empezando a estudiar cómo hacer que estas sociedades tan machistas sean más abiertas hacia los homosexuales. En cuanto a los esfuerzos para hacer que la sociedad latinoamericana sea menos machista, hacen falta decenios.
Los revolucionarios, los proteccionistas y, en cierta medida, los hipernacionalistas y los igualitarios son los enemigos más acérrimos de la modernización económica. Es difícil romper sus filas. Los otros grupos, en cambio, tienen unas lealtades más confusas y representan unas exigencias que pueden cumplirse al mismo tiempo que se llevan a cabo dichas reformas. Para mantenerse en el poder, la izquierda debe impedir que grupos como los igualitarios se separen del movimiento. Y eso significa que tendrá que crecer y madurar. Un movimiento de protesta puede enarbolar cualquier sentimiento de agravio. Un gobierno que quiera gobernar, no. A la hora de dirigir un país, la izquierda no podrá eludir el doloroso proceso de establecer prioridades. Y eso puede desembocar en la madurez política, pero las luchas internas también podrán llevar al desastre económico y político, como ocurrió en Ecuador con Lucio Gutiérrez, y en Argentina, con Fernando de la Rúa.
Los altos precios de las materias primas han mejorado la situación económica y han hecho que sea más fácil gobernar, pero a las coaliciones de izquierda les llegará la hora de la verdad. Será fundamental alcanzar compromisos con las fuerzas del mercado y las distintas corrientes izquierdistas. Donde más lejos han llegado los radicales es en Venezuela, y eso ha producido un grado de polarización que no se veía en la región desde que los sandinistas gobernaron Nicaragua en los 80. Ningún otro gobierno va a querer emprender esa ruta tan peligrosa.
Javier Corrales es profesor adjunto de Ciencia Política en el Amherst College (EE UU).
Sin embargo, la derrota electoral de los candidatos con programas que se consideran demasiado radicales o demasiado cercanos a Chávez no significa que las ideas que representan carezcan de atractivo. Los votantes latinoamericanos están hartos, impacientes y deseosos de votar por políticos nuevos que ofrezcan una ruptura con el pasado y prometan una forma de salir de la grave situación actual.
¿Si No a La Izquierda, Hacia Dónde?
Desde finales de los 90, los sistemas políticos latinoamericanos se han visto sacudidos por gran variedad de frustraciones. Por eso es engañoso agrupar a todos los distintos tipos de descontentos bajo etiquetas generales de izquierdistas o populistas. En realidad, en la América Latina actual, algunas quejas son claramente contra el mercado, pero otras nacen de insatisfacciones causadas no por depender demasiado del mercado sino por una intervención excesiva de los gobiernos. Por ejemplo, acabar con la corrupción es una enérgica demanda política que no se va a satisfacer aumentando las actividades económicas controladas por un sector público ya agobiado y corrupto. Otras quejas son comunes a la extrema izquierda y la extrema derecha. Entre los nacionalistas económicos que miran con suspicacia las reformas para abrir los mercados, que permiten que los productos extranjeros entren y desplacen a los locales, figuran tanto grupos empresariales de derechas que se han beneficiado en exceso del proteccionismo como dirigentes sindicales de izquierdas que han visto cómo el número de afiliados disminuía a medida que cerraban las fábricas, incapaces de competir con las importaciones.
Las reacciones a estas demandas políticas también han sido variadas. Algunos dirigentes, como Chávez y Kirchner, se comportan de manera populista tradicional y recurren a un gasto público masivo y, a menudo, derrochador, a mantener los precios artificialmente bajos mediante controles oficiales o a echar la culpa de todo al sector privado para afianzar su popularidad. En cambio, muchos otros, como Lula en Brasil, Vicente Fox en México, Álvaro Uribe en Colombia y Ricardo Lagos en Chile han sido modelos de una forma más responsable de dirigir la economía y se han mostrado dispuestos a absorber los costes de unas medidas económicas impopulares pero necesarias.
Lo que comparten casi todos los países latinoamericanos son dos tendencias históricas que multiplican e intensifican los diversos motivos de queja que están brotando en toda la región: la prolongada mediocridad del comportamiento económico y la descomposición de las formas tradicionales de organización política, en especial los partidos políticos.
Latinoamérica ha padecido un crecimiento económico lento durante más de un cuarto de siglo. Los episodios de crecimiento rápido han sido breves y, con frecuencia, han desembocado en dolorosas quiebras financieras, con consecuencias devastadoras para los pobres y la clase media. El crecimiento económico de la región es más lento de lo que era en los años 60 y 70, peor que el de todos los demás mercados emergentes del mundo y mucho menor del que necesita la región para elevar el miserable nivel de vida de la mayor parte de la población. Esta desilusión económica es cada vez más inaceptable para los votantes, que han oído muchas promesas y han obtenido poco, y que están mejor informados que nunca sobre el nivel de vida de otros, tanto en sus países como en el extranjero. Los latinoamericanos están hartos. Como es natural, las frustraciones provocadas por la enorme diferencia entre las expectativas y la realidad y entre el nivel de vida de los pocos que tienen mucho y los muchos que no tienen casi nada constituyen un terreno abonado para la política de protestas callejeras que tanto dificulta la labor de gobierno. Como es inevitable, los partidos políticos, sobre todo los que están en el poder, han sufrido enormes pérdidas de lealtad, credibilidad y legitimidad. Parte de ese desprestigio es merecido porque casi ningún partido político ha sabido modernizar sus ideas ni sustituir a sus líderes ineficaces. La corrupción, el clientelismo y el uso de la política como vía rápida hacia el enriquecimiento personal también proliferan.
Sin embargo, también es cierto que gobernar en una región en la que las actitudes políticas de grandes sectores de la población están llenas de rabia, deseo de venganza e impaciencia, y en la que la maquinaria del sector público, muchas veces, está rota, es una tarea condenada al fracaso. Como se trata de una región rica en recursos, la explicación más corriente que se da de por qué hay tanta pobreza en medio de tanta riqueza es la corrupción. Si se acaba con la corrupción –dice esta teoría–, el nivel de vida de los pobres mejorará más o menos de manera automática. Esta hipótesis, por supuesto, ignora el hecho de que la prosperidad de un país depende más de tener instituciones públicas competentes, el imperio de la ley y un buen nivel de educación que de la riqueza en materias primas exportables.
Además, aunque la presencia y las consecuencias destructoras de la corrupción son indudables, la verdad es que la pobreza en Latinoamérica se debe tanto o más a la incapacidad de la región para encontrar formas de competir con más eficacia en una economía globalizada que al latrocinio generalizado de quienes ocupan el poder. No se puede decir que China, India o las economías del sureste asiático de rápido crecimiento sean mucho menos corruptas que Latinoamérica. Y, sin embargo, sus índices de crecimiento y su capacidad de sacar a la población de la pobreza son mejores que los latinoamericanos. ¿Por qué? La verdad es que la democracia y el activismo político de esta región hacen que sus salarios sean demasiado altos para competir con los de las economías asiáticas. Sus mediocres sistemas educativos y su escaso nivel de desarrollo tecnológico hacen que no pueda competir en la mayoría de los mercados internacionales, en los que el éxito se basa en la preparación y la innovación.
Con unos salarios elevados y un mal nivel tecnológico, a Latinoamérica le es difícil incorporarse a una economía mundial hipercompetitiva. Es un dato que llama menos la atención que otros más urgentes, visibles o políticamente populares. Pero muchos de esos problemas –desempleo, pobreza, lento crecimiento económico– no son más que manifestaciones de unas economías nacionales mal preparadas para prosperar en las condiciones del mundo actual.
Como todos los problemas fundamentales del desarrollo, las deficiencias competitivas de Latinoamérica no pueden reducirse con sencillez ni rápidamente. Las razones concretas de que un país esté en situación de desventaja en la economía mundial varían. Para solucionarlas es preciso un esfuerzo simultáneo de múltiples actores, en muchos frentes y durante un largo periodo. Y ahí reside la dificultad principal con la que topan todos los intentos de crear un cambio positivo y sostenido en Latinoamérica: hace falta más tiempo del que los votantes, los políticos, los inversores, los activistas sociales y los periodistas están dispuestos a esperar antes de probar con otra idea o con otro político.
“El mayor déficit de América Latina es la paciencia, y el progreso a gran escala exige años de esfuerzos”
El déficit más importante de Latinoamérica es la paciencia. Mientras todos los actores influyentes no se vuelvan más pacientes, los intentos seguirán fracasando antes de ponerlos verdaderamente a prueba. Los inversores seguirán ignorando proyectos sensatos pero que no ofrezcan un rendimiento inmediato, los gobiernos escogerán sólo políticas capaces de generar resultados rápidos y visibles aunque sean insostenibles o sobre todo cosméticos, y los votantes seguirán deshaciéndose de los dirigentes que no ofrezcan resultados a la velocidad deseada. Mitigar la impaciencia es imposible si no se alivian las necesidades más inmediatas y urgentes de Latinoamérica. Pero es un error creer que sólo puede haber mejoras sostenibles como consecuencia de unas medidas radicales de emergencia. El progreso social a gran escala exige años de esfuerzos constantes que no se interrumpan prematuramente para sustituirlos por una solución nueva y de big bang. El progreso continuo necesita la estabilidad que da el consenso sobre una serie de objetivos e ideas esenciales entre los principales actores políticos. En otros tiempos, esa paciencia llegaba impuesta a la población de forma implacable por un gobierno militar o impulsada por la adopción de una ideología similar común a varios grupos sociales influyentes. Ambos métodos son problemáticos y no son viables a largo plazo.
Por consiguiente, en vez de buscar el consenso ideológico o imponer la hegemonía ideológica, los latinoamericanos deben partir de lo que ya existe y parece funcionar, en vez de despreciarlo sólo porque sus defensores son adversarios políticos. Sólo los líderes y organizaciones capaces de superar las divisiones ideológicas para combinar distintos puntos de vista podrán resolver los problemas históricos de Latinoamérica. Y hay que darles tiempo.
Alicia le dice al gato: --¿te importaría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí? --Eso depende en gran medida de adónde quieres ir, -dijo el Gato. --¡No me importa mucho adónde...! --dijo Alicia. --Entonces, da igual la vía que tomes --dijo el Gato. Añadiendo: ¡Cualquiera que tomes está bien...!
Lewis Carroll
Alicia en el País de las Maravillas
Las nuevas olas de estatizaciones anunciadas por el ejecutivo alarman a todos los venezolanos,pero que no debería asombrarnos; no es la primera vez que se estatiza por “razones estratégicas para el desarrollo de la nación”. En los tiempos de la Gran Venezuela de Andrés Pérez, el mismo argumento sirvió para aumentar significativamente el poder del Estado y reducir el rango de acción de los venezolanos.
No es casualidad que ambos gobiernos (Pérez I y Chávez) recurran a esta premisa en medio de una bonanza petrolera, algo debemos aprender. Hay que estar claro que un político anhela pasar a la historia por sus obras y así ganar apoyo en sus aspiraciones a cargos sucesivamente mas importantes, para esto, en la mayoría de los casos necesitan mayor cantidad de recursos. El hecho que el Estado este conformado por políticos, lleva a que el mismo tenga la característica de ser un maximizador de presupuesto, como Ayala Espino plantea en su Teoría del Estado en la Escuela de la Elección Pública.
En muchas partes del mundo donde el Estado no posee la independencia que brinda los ingresos petroleros existe la necesidad de trabajar en conjunto, entonces, el Estado velará porque los empresarios puedan desarrollar sus empresas y obtengan beneficios, pues, a través de impuestos el Estado podrá disponer de mayores recursos y así tendrá mas herramientas para solucionar problemas y los políticos hacerse un lugar en la historia. Sin embargo en Venezuela no es así, aquí la renta petrolera es el combustible principal de la economía y el juego se desarrolla en función de apoderarse de la misma. Ya en 1945 un ilustre venezolano como Arturo Uslar Pietro se percataba de ello y sentenciaba “El hecho es que el Estado interviene y esta interviniendo en nuestra vida económica, porque nuestra vida económica no es sino un reflejo de la riqueza del Estado… La cuestión vital… no es saber si el Estado debe intervenir o no…, sino crear una vida económica propia y creciente, ante la que pueda plantearse un día el problema de la intervención”.
De esto se desprende que en Venezuela ser competitivos, eficientes, productivos, etc, no determina la suerte del país, por lo tanto las acciones del Estado no estarán a favor de lograr dichos objetivos, pues su futuro no esta ligado al desempeño económico propio, sino administrando la renta petrolera en procura de ganar las próximas elecciones. De aquí nace el “espíritu rentista” donde mediante la manipulación del presupuesto público se trazan alianzas. El Estado “compra” apoyo político y los sectores de la sociedad aseguran su supervivencia, como también plantea la Escuela de Elección Pública. A rasgos macro así se desenvuelve la vida en Venezuela a partir de inicios del siglo XX, un siglo de este tipo de relaciones genera comportamientos propios al sistema, la vida del venezolano gira entorno a tratar de conseguir herramientas que le permitan mascar un pedazo mas grande de la torta, por lo tanto los grupos de presión viven tratando de justificarse como indispensables para el país, pues inconscientemente han aprendido que esforzarse para ser exitoso no necesariamente asegura la supervivencia sino su habilidad para negociar su vida a través del presupuesto. No es por el clima ni por los genes que las elecciones en Venezuela generen tanta incertidumbre, es por lo que esta en juego.
La preocupación por los efectos de este sistema no son nuevos, varias acciones se han ejecutado en función de disminuir la importancia del petróleo en nuestra vida, tratando de sembrar el petróleo, se llevo a cabo un plan de industrialización y de sustitución de importaciones que produjo empresarios rentistas y parásitos del Estado (Naim, 1984) que la ineficiencia empresarial y la posterior competencia internacional se encargaron de llevárselos a la tumba. El talón de Aquiles de estas iniciativas radica en que se plantean dentro de la misma lógica rentista, a través de ayudas de un Estado rentista, he aquí una gran diferencia entre el proceso de desarrollo de los grandes países industrializados y el nuestro, aquellos se enmarcaron dentro de la iniciativa empresarial y que llevo siglos desarrollarse (Baptista, 2006), el nuestro estuvo en manos de la iniciativa política y se pretendió hacerlo en un puñado de años.
Al final se dio a luz a una sociedad dependiente hasta el tuétano que necesita dar el paso, sino creen, un ejemplo, la universidad, ¿como se logran mejoras a nuestro Campus? ¿Por los logros académicos? ¿Con proyectos que se venden a las empresas? ¿Por eficiencia en la administración del presupuesto? NO, sino por su capacidad para negociar con y/o hacer presión al Estado. Si se pretende trasformar este modelo de sociedad debe plantearse de forma sistémica y no acusar las partes (Estado, sociedad civil, empresarios, universidades, etc.) pues todos están jugando el mismo juego con las herramientas que poseen cada uno.
PD: Es necesario conocer a ciencia cierta donde estamos parados, pues este será nuestro punto de partida, y por supuesto, a donde vamos. Si esas premisas son erróneas las políticas que se apliquen no alcanzaran resultados satisfactorios. Si esto pasa, estaremos en la misma posición de Alicia, solo que no precisamente en el país de las maravillas.